Nunca me ha gustado despedirme. A veces lo hago con palabras, a veces simplemente me voy. Pero últimamente he tenido que decir adiós más veces de las que me habría gustado. Decir adiós cuesta. Cuesta incluso cuando es lo correcto, incluso cuando lo has elegido. A veces es un acto consciente, otras, un silencio que se va alargando hasta volverse definitivo.
Pero también me he dado cuenta de que decir adiós es, sin saberlo, decirle hola a todo lo que viene después. A lo nuevo. A lo incierto. A lo que te espera al otro lado del vacío.
El adiós a la ciudad que me vió crecer
Como ya he escrito en las anteriores entradas, dejar mi ciudad ha sido cerrar un libro a mitad de capítulo. Sé que puedo volver, pero ya no seré el mismo. He tenido que despedirme de calles, rutinas, olores, de una versión de mí que solo existía allí. Además, lo he tenido que hacer estando un poco roto por dentro. Pero eso también me ha obligado a reconstruirme.
Málaga no ha sido solo un cambio de lugar, ha sido un cambio de vida. Y en ese cambio, he tenido que aprender a mirar hacia adelante incluso con el corazón lleno de cosas que quedaron atrás.

Las personas que se van
No todas las despedidas llevan una gran conversación. A veces, simplemente, dejamos de compartir contexto. Se diluye el contacto con gente que algún día fue importante. Compañeros de clase, de trabajo, amigos de una etapa concreta…
Me pasó cuando dejé Amino, esa red social donde pasé años, donde conocí a tanta gente y hasta donde llegué a trabajar. Al irme, algunas amistades desaparecieron como si solo hubieran vivido dentro de esa burbuja. Y aunque duele, lo entiendo. Algunas personas están hechas para acompañarte un rato, no siempre.
Luego están las otras despedidas. Las que llegan tras un conflicto, una decepción, o simplemente cuando decides priorizarte. Me ha pasado muchas veces, como en lugares de mi infancia donde hubo vínculos que tuve que soltar por necesidad. Gente que estuvo, pero que ya no encaja con el tipo de persona que quiero ser.
Soltar también es quererse.
Los vínculos que se van
Hay despedidas que nunca terminas de hacer. Que se arrastran, que se transforman, sin final claro. Dejar atrás algo importante, una historia, un amor, una etapa, a veces es un proceso lento, confuso… Te sorprende un domingo tonto, al recordar cualquier tontería o al ver una foto vieja.
Pero eso no se trata de borrar, sino de asumir que ya no es. Y, sin embargo, hay algo precioso en eso: en dejar espacio para lo que viene, sin negar lo que fue. No siempre hay un final claro ni respuestas fáciles. Es una mezcla de nostalgia, alivio, miedo y esperanza.
Pero estoy aprendiendo que no todo final es un fracaso. A veces es solo la forma más honesta de seguir creciendo.
Cuando una parte de ti se va
Últimamente siento que me estoy despidiendo de muchas partes de mí. De ideas antiguas. De inseguridades que ya no me sirven. De formas de pensar, de ver las relaciones o de reaccionar que ya no me representan. Estoy dejando ir al yo que aguantaba por costumbre. Y no es fácil. Hay algo incómodo en despedirse de lo que ya conocías, aunque ya no te funcione. Pero también hay algo necesario. Estoy diciendo adiós a un montón de cosas para poder decirme hola otra vez.
Para ser, por fin, un poquito más el Adrián que quiero ser.
Pancho
Esta entrada se la quiero dedicar a Panchito, mi perro, que se fue la semana pasada. Él sí que no se merecía un adiós.
Estuvo conmigo desde que era un niño. Crecimos juntos, compartimos mil momentos que ahora se quedan solo en mi memoria. Me ha dolido despedirme de él estando lejos, sin poder abrazarlo en sus últimos días. Pero también me consuela pensar que su amor me acompañará siempre. Que fue parte de mi historia de una forma muy pura, muy honesta, muy bonita.
Y eso es algo a lo que no se le dice adiós nunca.

Aprender a soltar
Con el tiempo he entendido que no todo adiós es una pérdida. A veces es una pausa. A veces, un giro. A veces simplemente una forma de reconocerte y decirte: hasta aquí.
Las despedidas, aunque duelan, son parte de lo que nos define, nos reordenan, nos revelan lo que importa, nos hacen espacio. Y aunque siempre me cueste, hoy me digo que está bien mirar atrás con cariño, pero seguir andando con intención.
Porque al final, cada vez que he dicho adiós a algo o a alguien, también me he dicho sí a mí. A mi cambio, a mi paz, a mi rareza, a mis ganas. Y eso (creo) que es lo más bonito que uno puede hacer por sí mismo.
Y esto es un poco lo que quería hablar en el post de hoy. Prometo que el próximo será en otro mood, que ya van dos reflexivos seguidos y esto se me está empezando a parecer a una newsletter de terapia 🥲
✦ Nos seguimos leyendo.
Dedicado a mi Panchis
Gracias por todos los años a tu lado,
por acompañarme en tantas etapas
y por hacer hogar con solo una mirada.
Te llevo conmigo, siempre. ♡