Todo empieza por una primera vez —como este blog—
Hace tiempo que me rondaba la idea de crear un espacio solo mío. No para vender nada, ni para construir una marca, ni para impresionar a nadie. Sino para algo mucho más simple: escribir para entenderme.
Este blog nace de muchas cosas a la vez: De una mudanza, de un amor, de algunas dudas que no sé dónde meter… Y, en resumen, del deseo de construir un lugar —aunque sea digital— donde poder ser honesto, sin filtros, sin algoritmos, sin expectativa. Aquí quiero dejar trocitos de mí: reflexiones sueltas, cosas que siento y no digo, recuerdos que me visitan de repente, recomendaciones random, historias que me han cambiado y viajes y momentos que estoy por vivir y que quiero conservar.
Todo eso merece su propio sitio. Un rincón tranquilo donde puedas sentarte conmigo un rato, si te apetece. No sé si alguien leerá esto y, en realidad, no me importa tanto. Lo importante es que yo lo necesitaba. Y si tú también estabas buscando un espacio así, quizás este blog también sea un poco tuyo.
Y para inaugurar este primer post, quería hablar precisamente de eso: De primeras veces.
De esos momentos en los que no sabías muy bien lo que estabas haciendo, pero lo hiciste igual. Como este blog.
Mi primer viaje
Mi primer gran viaje fue a México D.F. cuando tenía 6 años. Fue la primera vez que monté en avión y, aunque ahora me quejo un poco de los viajes largos, en ese momento lo disfruté muchísimo. Pero lo que más me marcó sin duda fue ver el mar. Hasta entonces, el agua más grande que conocía era la piscina de mi pueblo 😂. Cuando vi el mar en Acapulco, me pareció infinito. Me obsesioné bastante hasta el punto que hasta le dije a mi familia que quería una casa allí, convencido de que ese era el único sitio del mundo donde existía el mar. No sabía que España también tenía costa, pobrecito de mí.
También descubrí los Froot Loops. Nunca había probado algo que pareciera tan de dibujos animados. Me enamoré. Literalmente pedí llevarme cajas en la maleta, como si fueran tesoro nacional. A día de hoy, siguen siendo mi debilidad. Culpa de México y de mi posterior viaje a Canadá.
Ese viaje fue especial por muchas cosas. Fue la primera vez que me di cuenta de que el mundo era mucho más grande que yo. Que había vida más allá de mi ciudad. Que no todo olía a lo que yo conocía ni comían ni vivían igual que lo hacía yo. No sé si fue el primer momento en el que empecé a mirar el mundo con ojos curiosos, pero sí fue el primero en el que sentí algo parecido a la aventura. Y desde entonces, siempre que me siento perdido, vuelvo mentalmente a ese niño que miraba el mar por primera vez.

Mi primera mascota
La primera vez que tuve una mascota no fue tan épica como esas escenas de peli donde un niño abraza a un cachorro envuelto en un lazo rojo.
Un día me mandaron a la cocina, y allí vi un cuenco verde en el suelo. Pensé que era un juego (una Wii Balance Board, para ser exactos). Spoiler: no era un juego. Era el comedero del que sería mi perro Pancho.
Pancho —que si no me falla la memoria es una mezcla entre caniche y teckel— ha sido mi compañero de vida desde que tenía 5 o 6 años hasta hoy con sus casi 18 años. No sé si fue él quien me adoptó a mí o al revés, pero crecimos juntos.

Y si hablamos de primera mascota propia-propia, entonces tengo que hablar de Miko, mi Shiba Inu. Miko es… otra historia. Tiene tres años y la actitud de un gato súper zen. Siempre digo que es la fusión perfecta: la independencia de un gato con la lealtad selectiva de un perro con buen gusto. No necesita que lo persigas por la casa para darle cariño, pero de vez en cuando se te tumba encima con cara de “oye, soy tuyo, pero que no se te suba”. Y la verdad es que se parece bastante a mí en ese aspecto. Reservado cuando quiere, mimoso cuando le da la gana y vago como él solo cuando le interesa.

Mi primer trabajo
Mi primer trabajo fue con 16 años, de camarero en el restaurante de mi pueblo, Horcajo. Y aunque no duró mucho —ni falta que hizo—, me bastó para entender dos cosas muy claras:
- Que la hostelería no es para mí.
- Que los camareros tienen una paciencia descomunal que merece ovaciones diarias.
No tenía ni idea de cómo llevar dos platos a la vez sin que se tambalearan como si estuviera haciendo malabares (ahora sé llevar hasta tres a la vez, que no es mucho, pero ya es algo). Sonreía con más miedo que amabilidad y terminaba cada turno con las piernas temblando.
Aun así, esa experiencia me hizo crecer más de lo que pensaba. Aprendí lo que cuesta ganarse el dinero, lo que pesa un turno largo sin ganas y lo importantísimo que es tratar bien a quien te atiende. Desde entonces no puedo evitar ser esa persona que apila platos al acabar de comer en un restaurante y da las gracias siempre como si le acabaran de salvar la vida. Sé lo que es estar ahí, y por eso lo valoro tantísimo ahora e intento ser lo más amable que puedo.
No fue el trabajo de mis sueños, desde luego, ni muchísimo menos. Pero fue el comienzo de algo importante: La conciencia de que todo esfuerzo deja huella, incluso el que haces por salir de algo sabiendo que no es tu sitio. Y la importancia del trabajo y lo que cuesta ganarse el dinero.

Mi primera mudanza
Técnicamente, mi primera mudanza fue de casa de mi madre… a la calle de al lado. Literalmente. Cambié de casa, sí, pero seguía en el mismo barrio, cogiendo el mismo bus y comprando en el mismo súper. Fue más un cambio de set que una mudanza de verdad.
La primera real, con todo lo que implica, ha sido esta: dejar Salamanca y venirme a Málaga, maleta en mano y corazón revuelto. Empaquetar tu vida es un acto raro. Metes ropa, sí, pero también metes rutinas, miedos, cosas que no sabías que seguías guardando ni por qué las sigues teneindo. Y dejas atrás olores, calles, voces que te eran familiares sin darte cuenta.
Lo viví con con nostalgia, con un poco de tristeza, con mucha ilusión y con ese vértigo dulce de empezar algo que no sabes cómo saldrá. Y aun así, me ha gustado tener la oportunidad de construir este nuevo hogar desde cero.
Mi piso en Málaga tiene algo especial: lo he decorado como me ha dado la gana, sin más criterio que el de sentirme bien. Libros, velas, plantas (falsas, porque la botánica no es lo mío), y ese pequeño ritual de elegir los detalles y rutinas que convierten cuatro paredes en un espacio que se parece a ti. No está cerca de mi ciudad, pero está cerca de mi presente. Y eso, ahora mismo, me basta.

Mi primer blog y mi primera red social
Mi primer blog fue en mi primera red social, así que van de la mano. Fue en Amino, una app de comunidades temáticas que descubrí allá por 2016. Yo tenía trece o catorce años y una necesidad muy concreta: encontrar a alguien que compartiera mis gustos sin que me mirara raro.
Me uní a una comunidad de Pokémon (y fue la primera de muchas) y, aunque no recuerdo exactamente qué escribía, sí recuerdo cómo me sentía: visto. No por todo el mundo, ni por miles de seguidores, pero sí por alguien al otro lado que leía lo que ponía. Y eso, en ese momento de mi adolescencia, me marcó mucho.
Lo curioso es que Amino no era una red social de postureo, sino de texto. Todo se basaba en escribir, compartir, comentar. Era como un blog, pero a lo grande. Un espacio seguro para compartir tus intereses con otras personas que también amaban eso que tanto te gustaba.Y, en una época en la que me costaba conectar con la gente de mi entorno, fue casi terapéutico tener ese rinconcito digital donde podía ser yo sin miedo al cringe (aunque me lo daría ahora si leyera lo que escribía por aquel entonces).
Amino fue mucho más que una app para mí, de hecho llegué hasta trabajar allí y fue mi primer trabajo en el sector al que actualmente me dedico, pero eso da para otro post entero (y prometo que lo haré algún día). Por ahora, solo diré que mi experiencia en Amino fue la que me hizo sentir por primera vez que podía escribir y que alguien, en algún lugar, me leía con interés.
Y puede que por eso esté escribiendo esto ahora, casi diez años después. Porque escribir siempre ha sido una forma de no sentirme tan solo.

Las primeras veces no siempre se notan hasta que pasa tiempo
Mientras escribía todo esto estaba escuchando de fondo “Tiempo” de Sofía Coll, y no sé si fue casualidad o sincronización con el universo, pero me he quedado pensando. Porque justamente la canción habla del paso del tiempo, de lo efímero que es y de cómo vamos cambiando sin darnos cuenta… y me hizo pensar que todas estas primeras veces que os he contado —y muchas otras que aún no he mencionado— son parte de ese cambio constante que somos.
Casi nunca nos damos cuenta del momento exacto en el que algo empieza. Solo lo vemos con perspectiva. De repente un viaje, un perro, un trabajo, una mudanza… acaban siendo capítulos de nuestra historia.
Este blog también es una primera vez. Una nueva forma de entenderme, de compartir y de parar un poco el ruido.
Si has llegado hasta aquí, gracias por leerme.
Y si algo de esto te ha resonado, te ha sacado una sonrisa o te ha hecho recordar tu propia primera vez en algo… entonces ya ha valido la pena.
✦ Nos seguimos leyendo.
Un comentario
Me ha encantado leerte !! Felicidades!!
Espero que sigas con ello !! Te quiero!!!